
Un helado de pistacho en su mano derecha.
Unas sandalias de piel de camello en sus pies.
Y el brillo de la crema envolviendo su cuerpo.
Un suspiro bajo la sombrilla de rayas.
Unas gotas de sudor descansando en su escote.
Y el rimel se derrite a cada pestañeo.
Un instante de brisa terriblemente inocua.
Una pierna que decide abandonar la hamaca.
Y el dedo gordo del pie se posa en el suelo.
Un bañador estampado con palmeras.
Una encrucijada al final de sus piernas.
Y todo, sin excepción, un símil del fuego.
Un verano.
Una tarde.
Un dedo.