
En la pantalla, de madrugada, el brillo de la carne sudorosa. El traqueteo de las embestidas sin ritmo aparente. El jadeante devenir de unas nalgas que se estremecen. La devoción, maleable, de un dedo que entra y sale, entra y sale, entra y sale… como el sol durante los últimos cien siglos.
En la pantalla todo esto, a las dos de la madrugada de un martes cualquiera, cuando todos parecen dormir, cuando me tumbo, en el sofá, algo turbado, no mucho, no más; ante un insignificante canal de televisión local.